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No hace falta que yo os diga cuánto lo petaron, que días antes del concierto colgaran el cartelito de SOLD OUT habla por sí solo. Han tenido un ascenso enorme de hace unos años a ahora y se han quitado de encima los “son iguales que”, “son x grupo en peor versión”, etc. Todo esto a golpe de canciones cañeras, pegadizas y hacer saltar y gritar muy fuerte al público en cada concierto.

Atrás quedó aquel bolo en la mítica sala Boque, sentados, tocando para 15 personas. Ahora tenían delante más de mil cuerpos entregados, prácticamente hipnotizados desde el primer minuto en el que los cinco músicos pisaron el escenario. Me llamó la atención la sencillez que transmitían, lo cómodos que parecían, sin dejar de ser Mikel Izal un líder que no dejaba que nadie se despistara ni un momento. Y los bailes, no diré nada al respecto.

En el transcurso del concierto tuvimos tiempo de sentirlo todo. La emoción de escuchar por primera vez dos canciones que incluirán en su próximo trabajo; momentos íntimos sentados todo el grupo en sillas al borde del escenario, con instrumentos acústicos y recordando los inicios con canciones como Sueños lentos, aviones veloces o A los que volveremos. También nos hicieron sacar al animal visceral que llevamos dentro cuando sonaron Epílogo III: Resurrección y venganza, Pánico Práctico y Hambre, temblaba hasta el suelo. En la recta final a punto estuvo de caer el escenario con Despedida, Qué bien con confeti incluido (yo aquí me teletransporte al Sonorama) y para terminar, apoteósicos en La mujer de verde.

Nos dejamos las manos de aplaudir y salimos del recinto con la sonrisa en la cara y la adrenalina de haber vivido un conciertazo solo digno de los muy grandes. Pero no es solo cosa mía, miraba alrededor y todos estaban igual, debe ser la Magia (y efectos especiales) del grupo. Qué gran futuro les queda por delante, y ojalá nosotros ahí para verlo.