Después de más de dos horas esperando el supuesto bus que nos tendría que llevar desde la estación al recinto, un coche particular nos vino a buscar gracias a que una de las periodistas cubriendo el festival avisó de nuestra espera. Se olvidaron de nosotros.
Aun y empezar con mal pie, entramos sin prejuicios en Can Gascons, masía victor-catalanista, para ver la mitad de Boreals. Vimos como llenaban el escenario de esperanza, rodeados por un paisaje de ensueño y en un ambiente bucólico. Contundentes pero sabiendo cuando dejar respirar, sus melodías serpentearon nuestros oídos mientras nuestra estrella, colgada del cielo, doraba nuestros cuerpos sobre el césped yacentes.

Al ritmo de Lose Yourself To Dance nos elevamos y nos dejamos dirigir hasta Indiespot DJs, que supieron combinar una música excelente rodeados de magníficos robles. Resultado: locus amoenus.
Nothing Places llevaron a cabo unos espectaculares juegos rítmicos con unos delays acertadamente añadidos. En esta ocasión hechos trío, supieron cómo sacar provecho de la peculiar mezcla de energía escénica y relax del lugar. Confusamente agradables.
Entonces fue cuando el tercer trío de la noche se hizo con el escenario: Oso Leone. Con una puesta en escena singular (todos aposentados en sus respectivas sillas y sillines), se hicieron rápidamente con un público maravillado por su folk ambiental. Ritmos electrónicos con mucho groove y una gran capacidad de fundirlo sabrosamente con calma experimental hicieron de su paso por el festival un encandilamiento continuo. ¡Qué habilidad tan fuera de serie tienen para crear una bellísima atmósfera y conmover a la mayoría de los asistentes!

Los Strokes españoles con líder de pelo afro, los llamados Polock (sí, como el pintor pero con una ele), trajeron el indie al festival. Con unas líneas de bajo que quitan la respiración, unas progresiones harmónicas que pocas veces se ven y una correcta puesta en escena, estos jóvenes fueron los primeros en levantar al público (que no es fácil) y calentar la pista de baile, que pronto se convertiría en toda una fiesta. Un concierto que todo academicista querría guardar en videoteca hizo que nuestros pies empezaran a sentir el ritmo. El ritmo de Polock.
Otro trío, esta vez liderado por el zaragozano Bigott, se subió al escenario a partir la pana. Con su típico rol de crazy showman tocó todos sus clásicos enlazados por sus bailes absurdos y los cánticos de “Cannibal Dinner”, coreados insaciablemente por un público que parecía incansable. Y lo quedaba por delante no era poco. Aunque con una previsible setlist, dieron un buen concierto que nos llevó al ecuador del festival.

En la previa ya dijimos que, si se lo proponían, la liaban parda. ¡Y vaya si se lo propusieron! Y es que con canciones como Freed From Desire o Laudrup tocadas a la perfección es imposible dar un mal concierto. Y cuando las suelas de nuestros zapatos empezaban a despellejarse, se despidieron por todo lo alto enlazando sus hits Esclera y Futuresex. Canela fina para una hora de total deleite.

De la mano de la medianoche la electrónica llegó, ¡y menuda una! Osados y con un descaro exclusivo de los mejores, The Suicide Of Western Culture no dejaron a nadie indiferente. Con un par de… maestros al mando de los controles, demostraron einsteinianamente la relatividad del tiempo: apenas nos dimos cuenta que empezaban y ya llagábamos a la hora de placer. Con ganas de más nos dejaron a todos, convirtiéndose en un imprescindible en nuestras playlist más fiesteras.

Sin más dilación, una sesión de unas cuatro horas por Pional, Pau Roca y Radiocontrol nos fue concedida a unos pocos afortunados, que vivimos un momento que recordaremos (algunos no) con nostalgia.
Recalcar que el objetivo de Festival’era, que recaía en hacer que público y artistas intimen en una zona tranquila, ha sido cumplido en su totalidad, pues todos los que pisaron el escenario se pasearon por la zona del público también.
Así que solo queda felicitar a Festival’era por su trabajo y esperar al año que viene.

Fotos: Isabel Francoy