Deep Purple, esos rockeros británicos que empezaron un proyecto eventual llamado Roundabout y acabaron en la cima del género melenudo por excelencia, sacaron el pasado veintiséis de Abril su decimonoveno disco de estudio después de más de siete años bajo ese escondrijo llamado silencio.

¿Qué se esperaba de este nuevo trabajo? Si bien no nada, poco. Siguiendo el ejemplo de bandas clásicas que han intentado adaptarse a la era moderna, así como Bon Jovi, Aerosmith o Joe Satriani, pero que han fracasado estrepitosamente en sus múltiples variantes, en este disco no tenía puesta mucha confianza.

Sin prejuicios, nos ponemos a ello con la intriga de A Simple Song, que nos lleva a abrir la mente y plantearnos, ¿y si es bueno? Ya de buen inicio se entrevé cómo le sacan partido al dúo Don Airley – David Morse, quienes intentan enmascarar la incompetencia metalera de Gillan, quien agarra el metrónomo y lo lanza atrás, a millas de distancia del requisito mínimo, haciendo aun más imprescindible la intervención de los dedos virtuosos. Aun y seguir teniendo un talento innato, esa pareja no tienen la conexión que tenían décadas atrás, cosa entendible.

Disipadas todas las dudas a las tres canciones, cuando se ve que, como muchas otras bandas, se han metido en el estudio con el mítico nombre gravado en la espalda, creyendo que cualquier cosa que hagan gustará a un público cada vez más exigente y menos conservador, notamos como hay una clara intención de hacer las cosas bien. Pero sin ideas, ganas ni esas mentes carismáticas y jóvenes que caracterizaban a una banda ya aposentada en los cómodos sofás rojos de piel entre los grandes consagrados del rock, una simple voluntad de hacer un par de temas “en los que ha habido duro trabajo” no es suficiente como para sacar adelante un disco entero.

Sí, es verdad que las guitarras de Hell To Pay y Uncommon Man, entre otras, suenan de maravilla, pero cuando coges el disco en conjunto y haces su valoración te das cuenta de lo llano y previsible que resulta: primero una introducción en forma de riff eléctrico (y, para qué negarlo, enérgico), seguido de la entrada del órgano, la voz y el ritmo más duro de batería, para hacer estribillo, solo y lo que surja. Es como si empezaran los temas con ganas y a mediados de la canción se cansaran. Esa no es manera de componer, Deep Purple. Suena arquetípico, lo sé, pero las cosas o se hacen bien o no se hacen.

Aquí mismo puedes escuchar el último disco de los Purple Now What?